Todos enfrentamos problemas. La diferencia no está en quién los tiene y quién no, sino en cómo decidimos enfrentarlos. Ante las dificultades de la vida, nuestras decisiones pueden acercarnos a la solución o alejarnos aún más de ella.
Se dice que existen tres actitudes posibles frente a los problemas: huir de ellos, rebelarse contra ellos o enfrentarlos con determinación para encontrar una solución.
Muchas personas optan por la primera alternativa: escapar. Prefieren ignorar sus dificultades porque no saben cómo enfrentarlas con valor. En este grupo suelen encontrarse quienes buscan refugio en hábitos destructivos, quienes siempre encuentran excusas para no cumplir con sus responsabilidades o quienes simplemente dejan pasar el tiempo esperando que las cosas se resuelvan por sí solas.
La mente humana es sorprendente. En ocasiones llega incluso a desarrollar mecanismos para evitar enfrentar ciertas situaciones difíciles.
Se cuenta el caso de un ejecutivo que sufría ataques de asma cada vez que debía afrontar un problema complicado en su trabajo. Aunque el padecimiento era real, también funcionaba como una vía de escape inconsciente que le permitía evitar situaciones incómodas sin afectar su imagen personal. Sin embargo, el problema seguía allí, esperando una solución.
Pero no todos huyen de sus dificultades.
También existen quienes se rebelan contra ellas. Son las personas que desean que la vida siempre sea fácil y agradable. Les cuesta aceptar la realidad cuando no coincide con sus expectativas. Se sienten constantemente insatisfechas, se quejan de sus circunstancias y viven frustradas por aquello que no pueden controlar.
En el fondo, muchas veces no están luchando contra los problemas, sino contra la vida misma, contra su situación personal o incluso contra Dios.
La queja se convierte en su respuesta habitual, pero rara vez toman medidas concretas para cambiar aquello que les preocupa.
Existe, sin embargo, una tercera actitud.
Es la actitud de quienes deciden actuar.
Estas personas reconocen los problemas, aceptan la realidad y comienzan a buscar soluciones. No desperdician tiempo lamentándose ni buscando culpables. Analizan la situación, hacen lo que está a su alcance y avanzan paso a paso.
Los más sabios entienden además que no tienen que enfrentar las dificultades solos. Por eso buscan la ayuda de Dios, confiando en que Él puede darles sabiduría, fortaleza y dirección para tomar las mejores decisiones.
¿No es esta la mejor manera de enfrentar los desafíos cotidianos?
Huir de los problemas es una forma de cobardía. Rebelarse contra ellos es una actitud que solo genera frustración. Pero buscar soluciones con fe, valentía y la ayuda de Dios es una muestra de madurez, inteligencia y confianza.
La próxima vez que enfrente una dificultad, pregúntese: ¿estoy huyendo, me estoy quejando o estoy actuando?
La respuesta puede marcar una gran diferencia en su vida.